Europa busca su soberanía en los pagos: Wero y el euro digital frente al dominio de Visa y Mastercard

Durante décadas, el sistema de pagos europeo ha funcionado sobre una paradoja: una economía de primer nivel mundial apoyada en infraestructuras críticas controladas, en gran medida, desde fuera de sus fronteras. Pocas dependencias son tan profundas —y tan invisibles para el ciudadano— como la de los pagos electrónicos.

Cada vez que un europeo paga con tarjeta, es muy probable que la operación circule por los “raíles” de Visa o Mastercard, dos empresas estadounidenses que concentran buena parte del poder sobre las transacciones cotidianas en la zona euro. Esta realidad, largamente asumida como un mal necesario, ha empezado a inquietar seriamente a Bruselas.

En un contexto geopolítico marcado por tensiones crecientes y por el uso de las infraestructuras económicas como herramientas de presión política, la Comisión Europea y el Banco Central Europeo (BCE) han puesto en marcha iniciativas destinadas a reducir esta dependencia estratégica. Dos proyectos concentran hoy la atención: el sistema de pagos instantáneos Wero y el futuro euro digital.

Un duopolio que controla los “raíles” del dinero

Visa y Mastercard no son bancos ni emiten dinero, pero desempeñan un papel esencial: gestionan la infraestructura técnica que permite que el dinero se mueva entre cuentas. Definen los estándares de seguridad, las reglas de acceso al sistema, los protocolos técnicos y buena parte de las condiciones económicas. En la práctica, controlan los raíles por los que circulan los pagos.

Según datos del BCE, estos dos esquemas internacionales concentran en torno al 61% del volumen total de transacciones con tarjeta en la zona euro, una cifra que se dispara hasta cerca del 100% en países sin redes nacionales propias. En Francia y Alemania la existencia de sistemas domésticos fuertes ha amortiguado parcialmente esta dependencia, pero la tendencia general ha sido clara.

Europa no partía de cero. Durante años, coexistieron soluciones nacionales como Cartes Bancaires en Francia, Girocard en Alemania, Bancontact en Bélgica, 4B en España o iDEAL en los Países Bajos. El problema fue su incapacidad para escalar en un mercado cada vez más digital, transfronterizo y dominado por el comercio electrónico.

Frente a la complejidad y el coste de internacionalizar estos esquemas, las entidades financieras optaron por la vía más eficiente: adherirse a redes globales ya operativas. Lo que comenzó como una solución complementaria —tarjetas con doble logotipo— acabó transformándose en una dependencia estructural. Hoy, los bancos y comercios europeos tienen un margen de negociación muy limitado frente a las decisiones de Visa y Mastercard, tanto en precios como en estándares técnicos.

Riesgo geopolítico y dependencia económica

El debate ha dejado de ser puramente tecnológico. La exclusión de bancos rusos de los sistemas internacionales tras la anexión de Crimea en 2014 y, más tarde, tras la invasión de Ucrania en 2022, ha servido de recordatorio brutal de la dimensión geopolítica de los pagos. Otros países, como Irán o Venezuela, llevan años sufriendo restricciones similares.

“Visa, Mastercard… la urgencia es nuestro sistema de pagos. Trump puede cortarlo todo. El resto es poesía”, resumía recientemente Aurore Lalucq, presidenta de la Comisión de Asuntos Económicos y Monetarios del Parlamento Europeo. Su llamamiento a crear un “Airbus de los sistemas de pago” refleja una preocupación creciente en las instituciones europeas: la soberanía económica pasa también por controlar las infraestructuras invisibles.

Wero: la apuesta pragmática basada en el pago instantáneo

La primera respuesta concreta es Wero, una solución impulsada por la European Payments Initiative (EPI), un consorcio de grandes bancos europeos nacido en 2020 con el apoyo de la Comisión y del BCE. El proyecto original aspiraba a crear un nuevo esquema europeo de tarjetas, pero pronto chocó con la realidad: los costes eran enormes y el riesgo comercial elevado. Varias entidades abandonaron el proyecto.

El giro estratégico llegó al apoyarse en una infraestructura ya existente y plenamente europea: la transferencia instantánea SEPA. Wero convierte este mecanismo —transferencias de cuenta a cuenta en tiempo real— en un medio de pago utilizable por el ciudadano a través de su aplicación bancaria, sin necesidad de tarjetas ni de redes internacionales.

Desde 2024, Wero se ha ido desplegando progresivamente en Francia, Alemania y Bélgica, primero para pagos entre particulares. En Francia, la práctica totalidad de los grandes grupos bancarios lo han integrado en sus aplicaciones. Además, está negociando una integración con el español Bizum. El siguiente paso, decisivo, es su adopción por los comercios físicos y el comercio electrónico.

En este terreno, el éxito dependerá de los grandes proveedores de servicios de pago. Actores como Worldline, Nuvei, Mollie o Nets ya trabajan en su integración, especialmente en el comercio online. Sin embargo, el pago en tienda física requerirá adaptar terminales y hábitos, un proceso más lento y costoso.

El euro digital: un horizonte más ambicioso

En paralelo, el BCE avanza —con paso prudente— en el proyecto del euro digital. Se trataría de una forma electrónica de dinero público, emitida por el banco central, equivalente en valor al euro tradicional y accesible para ciudadanos y empresas. No es una criptomoneda, sino una extensión digital de la moneda oficial.

Sobre el papel, el euro digital podría ofrecer a Europa un rail de pagos plenamente soberano. En la práctica, el calendario es largo. Tras una fase de estudio entre 2021 y 2023 y una fase preparatoria hasta octubre de 2025, el proyecto depende ahora de un marco legal europeo aún en negociación. La adopción del reglamento podría producirse en 2026, con pilotos a partir de 2027 y un eventual lanzamiento hacia 2028 o 2029. A corto plazo, por tanto, el euro digital no sustituirá a Visa ni a Mastercard. Como mucho, introducirá competencia pública en un mercado dominado por actores privados globales.

Una batalla que se juega en la adopción

Tanto Wero como el euro digital comparten un riesgo clave: sin adopción masiva por parte de los comercios y de los usuarios, su impacto será limitado. Wero corre el peligro de quedarse en un “Paylib europeo”, útil pero marginal. El euro digital, por su parte, deberá demostrar que aporta valor añadido sin desestabilizar el sistema bancario.

Lo que sí ha cambiado es el diagnóstico político. Por primera vez, Bruselas asume que los pagos no son un simple servicio financiero, sino una infraestructura estratégica. La pregunta ya no es si Europa debe reducir su dependencia de Visa y Mastercard, sino si será capaz de hacerlo antes de que una crisis geopolítica convierta esa dependencia en un problema tangible para ciudadanos y empresas.

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