Emprender en tiempos difíciles

lemonade-standEl otro día estaba dando una vuelta por el Paseo de la Playa de Ostende, en Castro Urdiales, y me encontré con ¡una emprendedora! Había dispuesto sobre una toalla su muestrario de piedras decoradas con diseños inspirados en Youtube, complementándolo con varias pulseras de plástico como esas que los negros regalan durante la Semana Grande de Bilbao para celebrar el aniversario de la independencia de Senegal. La diligencia, el método y la organización con que se desplegaba esta actividad apuntaba no solo a un trabajo de planificación previo, sino también a la existencia de ese momento irreversiblemente audaz en que, en la mayor de las soledades, se toma una decisión que posiblemente habrá que mantener en secreto porque se sospecha que no va a ser bien recibida por padres, amigos o la policía municipal. Por cierto, olvidaba mencionar que esta emprendedora es una cría de once años.


Viendo cómo el talento empresarial aun se las arregla para florecer en los lugares menos esperados, incluyendo las escombreras urbanísticas del Cantábrico, no está de más reflexionar sobre las deficiencias de esta política del emprendimiento con la que las administraciones públicas intentan levantar la economía del país en los tiempos posteriores al ladrillo. Seríamos injustos si acusáramos al sector público de poner poco dinero sobre la mesa, o de no tener la suficiente voluntad para hacer que el espíritu emprendedor se popularice. La verdad es lo contrario: la Unión Europea y los diferentes gobiernos estatales y regionales hacen lo que pueden. El que no surjan por doquier nuevos Silicon Valleys o emporios parecidos a Singapur o Finlandia, tiene que ver más bien con la precariedad de las condiciones psicosociales del entorno.

De modo particular me atrevería a señalar tres grandes grupos de causas:

  • En primer lugar la falta de un liderazgo comprometido y coherente. Los programas de emprendizaje suelen estar dirigidos por personas que no han tenido negocios propios ni fundado compañías de ningún tipo, y que en la mayor parte de los casos ni siquiera han trabajado para una empresa privada en la que la necesidad de conseguir liquidez a fin de mes sea la diferencia entre la vida y la muerte. Con un estado mayor de puros funcionarios al frente, dando cursillos sobre nóminas, psicología de la motivación o cómo hacer la declaración del IVA, no extrañe a nadie que el estandarte del espíritu empresarial tenga que ser llevado por preadolescentes castreñas.
  • No pocas veces la promoción del emprendimiento aparece vinculada a motivaciones utilitaristas de poco alcance y algo rastreras. Cada agencia local pugna por abrir el mayor número de tiendas en su zona. Además interesa dar de alta a mucha gente en el régimen de Autónomos, porque eso aligera las estadísticas del paro. Y en última instancia, todos los que disponen de puestos de trabajo estables y bien remunerados intuyen que a la larga este bienestar y este status de vida semi-funcionarial solo será sostenible si hay gente capaz de zarandear a la economía para que se mueva y salga adelante.
  • Finalmente, al igual que hemos visto en el caso de profesores y maestros, el emprendimiento adolece de una total falta de apoyo por parte de la sociedad. Hasta hace poco hemos estado viviendo en un entorno en el cual no solo se despreciaba al empresario, sino que además una banda terrorista lo extorsionaba con el apoyo de un sector importante de la población. Educada durante generaciones en la obsesión funcionarial típica de las ideologías de izquierda o, en el mejor de los casos, en un cooperativismo socialdemócrata bien intencionado pero improductivo, la opinión pública no entiende que la finalidad principal de una empresa consiste en ganar dinero. Esto sigue siendo anatema, como la usura en la Edad Media.

En resumidas cuentas: son tiempos difíciles, por no emplear una palabra más fuerte, para el emprendizaje y otros estilos de vida basados en la iniciativa y la autorresponsabilidad. Duele decirlo, pero incluso Euskadi, donde por historia y tradición ha habido siempre un impulso industrial y emprendedor más fuerte que en otros lugares, vive aferrada aun a la fantasía de que es posible una prosperidad económica basada en las empresas pero no en los empresarios.

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