¡Cuidadín con los (no) asesores fiscales!

El otro día me hablaron de un conocido emprendedor que ha tenido que pagar unos cuantos millones de impuestos que podría haberse ahorrado de haber hecho las cosas correctamente desde el punto de vista fiscal. Por ahorrarse unos euros en asesoramiento ha perdido unos milloncitos. Pero hay otros casos, sorprendentemente muy numerosos, de startups que dejan la gestión de sus impuestos en manos de alguien que después les estafa.


El primer caso es sencillo. De todo no se puede saber y el buen asesoramiento vale su precio en oro tanto cuando las cosas van bien (para pagar al Fisco lo que corresponda y ni un euro más) como cuando van mal (para cerrar sin correr riesgos personales). La plusvalía de una buena venta de empresa puede suponer una buena tajada en impuestos, que se puede reducir legalmente si se transfieren las acciones a una sociedad con determinadas condiciones.

En el caso de un cierre con concurso, hay que tener mucho cuidado con que la solicitud se presente en el tiempo correcto. Y evidentemente hay que tener todo bien hecho a nivel legal porque, en caso contrario, el administrador corre el riesgo de asumir responsabilidades penales y patrimoniales por las deudas con su patrimonio personal.

Sin llegar a ambos extremos, el creador de una startup también tiene que tener cuidado con quién y cómo le gesionan los impuestos ordinarios de la sociedad, como el IVA o el IRPF. En los tres últimos meses me han llegado dos sentencias condenando, por estafa, a sendos asesores por quedarse con el dinero que la empresa había reservado para pagar a Hacienda.

En el último de ellos, de julio (sentencia), el gestor fue condenado a 2 años de cárcel por haberse quedado con 40.000 euros que el empresario creyó que iban destinados al Fisco vizcaíno. El asesor, con toda la jeta del mundo, reconoció haber utilizado la firma digital de su cliente para cambiarle todos los contactos con Hacienda con el fin de que no pudiera conocer lo que estaba haciendo.

El pobre empresario, un camionero, no tuvo conocimiento de la estafa hasta que el Fisco le embargó por no pagar sus impuestos. Solo entonces, tras haber perdido 40.000 euros durante casi tres años, pudo recurrir a otro asesor, que fue el que descubrió el pastel. El estafador no había devuelto el dinero en el momento de dictarse la setencia.

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