El sector aeronáutico es uno de los que hace años se identificó como estratégico para revitalizar la industria vasca. Se creó un clúster, se impulsaron empresas desde la Administración y se consiguió consolidar una serie de compañías de subcontratación como ITP (Sener + Sepi + Rolls Royce), Gamesa (ahora Aernnova) o DMP.

Pero depender de terceros tiene sus riesgos. Los principales clientes de las firmas vascas de aeronáutica son la brasileña Embraer y Airbus (consorcio EADS). Embraer va más o menos bien y Gamesa sigue fabricando las alas de sus aviones, pero Airbus, controlada por los gobiernos francés, británico y español, padece una grave crisis.

Su última aeronave, el Airbus A-380, lleva un importante retraso, con lo que todos los procesos de fabricación se demorarán en el tiempo. Como consecuencia, ITP, que tenía previsto manufacturar con Rolls-Royce los motores de este avión, ya ha anunciado que eliminará 155 empleos en sus dos planta de Zamudio y otros 25 en su filial Precicast de Barakaldo.

¿Significa esto que hay que abandonar la aeronáutica? Ni mucho menos. En Euskadi se ha consolidado una importante industria de fabricación de componentes y en el mundo se van a seguir necesitando aviones. La reflexión debe ir por otros lares: es fundamental plantearse una estrategia de desarrollo de productos propios que no sólo se manufacturen con alta calidad (tradición vasca) sino que también se vendan bien en todo el mundo. Vender es nuestra asignatura pendiente. ¿Para cuándo un centro tecnológico que impulse el marketing en Euskadi?

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