Ohlala: una startup alemana de sexo pagado

Las startups de citas o “dating startups” llevan algunos años de moda, favorecidas por el entusiasmo de los inversores -más de 22.000 stakeholders que han puesto su dinero en alrededor de 1.300 proyectos de todo el mundo- y un gremio de analistas que les auguran el más brillante de los futuros, pero que no son tan elocuentes al describir las dificultades: estigma social, hostilidad de medios y partidos políticos o, no menos importante, la falta de definición de los respectivos modelos de negocio. Dentro de este confuso panorama destaca, por la claridad de su estrategia y la circunstancia de haber sido el proyecto personal de una atractiva emprendedora veinteañera, la alemana Ohlala de Pia Poppenreiter. Ohlala está a fecha de hoy implantada en siete ciudades de Alemania: Berlín, Hamburgo, Munich, Frankfurt, Düsseldorf, Stuttgart y Colonia. En españa no hay… todavía.

Lo que distingue a Ohlala de otras plataformas o páginas web de citas -es raro hallarlas implementadas en forma de aplicaciones para móvil, ya que el Apple Store y el Android Play Store se oponen a alojarlas- como eDarling o Tinder es el carácter explícito, incluso brutal, del planteamiento. Ohlala es un servicio para la oferta y localización de sexo pagado que invierte los esquemas tradicionales de la prostitución de lujo. El usuario -por lo general varón- plantea sus aspiraciones y preferencias, así como la cantidad que está dispuesto a ofrecer; en el otro lado de la conexión, una mujer que reside o se encuentra en los alrededores lo ve y decide si le interesa o no. Un servicio de escorts a la inversa. Más fácil imposible.

Al menos en teoría. Porque lo que se intuye como el paradigma de la simplicidad, ha sido en la vida real el peor sendero de piedras imaginable para su fundadora y varios equipos que hasta la fecha han pasado por la empresa: rondas de financiación por un total de 1,7 millones de euros, problemas con los inversores, deserción del socio Torsten Stüber y cancelación del proyecto en Estados Unidos, en cuyas principales ciudades ya se habían abierto versiones locales de Ohlala. A lo largo de este año, Pia Poppenreiter ha recomprado todas las participaciones a los inversores con la intención de seguir adelante ella sola. Según ha dicho la propia Pia, en lo sucesivo la estrategia de la empresa pasará por menos rondas de financiación y mayor concentración en el desarrollo de características innovadoras del producto.

Sin haber planteado hasta la fecha un modelo de negocio válido -es decir, cómo sacar dinero de un servicio de citas pagadas por Internet-, Ohlala cumple el requisito maestro de una startup clásica: su capacidad para generar disrupción en un mercado (en este caso, el más antiguo del mundo). Por este motivo se la compara con Uber y Airbnb, y hay que reconocer que quienes lo hacen se quedan cortos: no solo desaparece la figura del proxeneta como intermediario, sino que además la mujer queda en libertad de elegir si quiere o no aceptar lo que se le propone.

Nosotros no somos quién para valorar todo esto en términos de ética, pero es preciso admitir que resulta imposible pasar por alto la importancia del tema, que una vez más tiene como trasfondo la influencia de las Nuevas Tecnologías en la transformación del mundo moderno. De salir adelante el proyecto de Pia Poppenreiter, las repercusiones irían mucho más allá de lo económico para llegar al terreno de lo cultural y las convenciones sociales. La prostitución dejaría de ser un comercio degradante para convertirse en un asunto meramente privado.

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