hackersSeguimos con los capítulos del libro de la historia de Internet en Euskadi. El de hoy es parte de uno dedicado a hackers vascos. Y es que, pese al retraso informático vasco, los ha habido y bien brillantes. Su potencial destructivo lo había reconocido en noviembre de 1988 el primer artículo de El Correo que mencionaba la piratería informática: “Es enorme la extorsión y cuantiosos los daños económicos que comienzan a producir los piratas de finales del siglo XX, cuya acción se centra en la violación de la intimidad de los ordenadores y la apropiación indebida, lógicamente, de programas, o la manipulación en ellos”. Lo que para unos significaba destrucción, para un grupo de vascos ha significado también oportunidades de inversión, hasta generar una potente industria en torno a empresas como Panda Security o S21Sec.

Unos han querido ver en esta industria vasca a la siniestra mano de ETA y sus secuaces, mientras otros han preferido buscar su origen en la elevada presencia de entidades financieras, el sector que más ha requerido históricamente del favor de los hackers “buenos” o “éticos”. Lo cierto es que una gran parte de la responsabilidad yace en un joven durangués, Mikel Urizarbarrena, y su mujer Berta Frías, que en 1990 reunieron 4.800 euros y un ordenador para fundar lo que después sería un imperio de la seguridad informática a nivel mundial, Panda Security.

“Entonces nadie se tomaba en serio el asunto de los virus informáticos, casi no se le prestaba atención. Además, era un fenómeno muy local”, recordaba Urizarbarrena en el décimo aniversario de su empresa. La continua presencia de Panda Security en Bilbao, se ha traducido en un elevado número de expertos vascos en esta materia y, como no podía ser de otra manera, en que muchos virus tengan un nombre en euskera. Es el caso del ‘Euskara.811’, un parásito informático cuyo único efecto consiste en lanzar un mensaje a favor del vascuence en la pantalla del ordenador: “Milaka Urtez Eutsi Dugu Eta Milaka Urtez Eutsiko. Euskara, Jalgi Hadi Plazara”.

Y es que, aunque los virus más conocidos sean aquellos que han generado mayor destrucción en los ordenadores infectados, lo cierto es que una gran parte de estos parásitos simplemente tratan de transmitir un mensaje de su inventor. “¿Qué busca alguien que escribe una canción o que pinta un cuadro? Creo que se aplica lo mismo en el caso de los virus. No me veo como un ser malvado con cuernos, no he infectado nunca a nadie con aquello que programo ni he hecho un solo virus que tenga rutinas destructivas”, explica el donostiarra Wintermute , uno de los más reconocidos “desarrolladores” de virus o, como él prefiere definirse, “creadores de vida artificial”, por su capacidad para reproducirse.

Uno de sus mejores amigos, el gallego GriYo , creó en 1997, poco después del asesinato de Miguel Angel Blanco, uno de los parásitos informáticos más famosos, el ‘anti-ETA’. Su objetivo no era otro que transmitir un mensaje a la sociedad a través de la ingeniería informática en forma de mano blanca. “Con ello mostrábamos nuestra indignación por lo que sucedió, nada político realmente, sólo en referencia a un asesinato tan sucio. Estaba tan emocionado con el tema que tardé sólo dos semanas en acabar el virus”, reconocía GriYo un par de años después.

Las motivaciones sociales y muchas veces anarquistas -el Poder y los fabricantes de antivirus son los grandes enemigos de los inventores de virus – son los mismos estímulos con que han contado los hackers que ha parido Euskadi. Estos seres, que siempre han tenido muy mala prensa, se dedican a tumbar ordenadores o a penetrar en ellos, fundamentalmente como un reto en sí mismo. Normalmente no hay mala fe en sus acciones, pero a veces sus efectos de sus acciones son muy perniciosos, como ocurrió en la Universidad del País Vasco en mayo de 1997.

Por aquel entonces, un hacker, que en realidad no era más que un estudiante, borró por completo el contenido de al menos tres servidores del campus donostiarra, un desastre de grandes dimensiones. Según algunos rumores, uno de estos ordenadores, perteneciente al área de Investigación de la Facultad de Químicas, no tenía backup (copia de respaldo), por lo que sus datos se perdieron para siempre.

Sea como fuere, la UPV restringió entonces el acceso a Internet a todos los alumnos y, para hacer efectiva la medida, prohibió el uso de Linux, una limitación que a día de hoy hace sonreír. “Había carteles en las salas de ordenadores en los que se prohibía el uso de Linux, ya que con un simple disquete te ponías una IP de la Facultad de Empresariales y salías a Internet”, recuerda el entonces estudiante Gorka Olaizola.

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