A los niños americanos les cuentan que un personaje barbudo y simpático trae todos los 25 de diciembre sus regalos en un trineo tirado por renos. Sin embargo, la irrupción de la generación del Nintendo y el PC va a modificar el aspecto de Santa Claus, que va a perder años e incorporar al pingüino como mascota. El nuevo héroe de los niños se llama Linus Torvalds, se educó con un ordenador Spectrum, procede también de Escandinavia y ha legado a la humanidad el corazón de Linux, un programa informático que tiene a un pingüino como logotipo. Este software, que toma su nombre del propio Torvalds, es además, el primer competidor relativamente importante del estandarte de la riqueza de Bill Gates, el sistema operativo Windows, que hace funcionar al 90% de los ordenadores del mundo.
“Como no me preocupa el dinero, puedo ignorar a Microsoft y conquistar el mundo de la informática desde abajo”, contaba Torvalds a una revista norteamericana para internautas, Wired. Esta misma publicación ha convertido a este tímido informático de 28 años en “el arcángel de la red”, en el representante de una comunidad de apasionados de la tecnología que pretenden sacar a Internet de las garras del comercio y de las ambiciones de Bill Gates. Los errores de Windows, la nueva mansión del hombre más rico del mundo y sus problemas con la justicia norteamericana forman parte de las conversaciones habituales y de los chistes de estos nuevos revolucionarios. “Creo que el presidente de Microsoft es más bien un hombre de negocios que un informático”, repite Torvalds en las pocas entrevistas que concede, principalmente a través del correo electrónico.
Cuando sólo tenía 20 años y apenas había comenzado a estudiar informática en la Universidad de Helsinki, Torvalds empezó a diseñar su propio programa para evitar tener que utilizar DOS, el sistema operativo de Microsoft que precedió a Windows. “Sabía que no quería usar DOS”, admite, antes de precisar que los otros programas que estaban en el mercado eran demasiado caros. Empezó a escribir los códigos que puede entender un ordenador nuevo para ponerse en marcha y, casi sin quererlo, desarrolló un kernel, es decir, las instrucciones básicas que sirven de punto de partida para crear un sistema operativo completo.
“Soy un buen programador”, dice con una cierta engreimiento. Su origen finlandés tuvo mucho que ver con lo que sucedió después. En el país del mundo con más conexiones a Internet no le resultó complicado publicar en la red sus códigos, comparables de alguna forma con la fórmula secreta de la Coca Cola, para que otros informáticos pudieran probarlos. Empezó a recibir, por correo electrónico, comentarios y propuestas para modificar el programa y para ir ampliándolo hasta transformarlo en un auténtico sistema operativo. Si estas ideas eran interesantes, Torvalds las añadía al sistema y las ponía en Internet para que recibieran nuevas críticas.
El resultado de toda este trabajo colectivo es Linux, uno de los programas más perfeccionados del mundo y, lo que es más importante, gratuito. Torvalds, que apenas ha escrito el 5% de los códigos, no es más que uno de sus autores. “Si la gente cree en algún momento que yo lo estoy haciendo mal, pueden hacerlo ellos mismos”, dice en una entrevista al Linux Journal, una publicación distribuida exclusivamente entre usuarios de este sistema operativo.
Procedente de una de las principales socialdemocracias del mundo, Torvalds es ahora el representante de lo que la revista económica Forbes describía recientemente como “una banda de rebeldes que piensan que los secretos del software deberían ser tan libres como el aire que respiramos”. Otras publicaciones hablan de los miembros de esta comunidad de informáticos repartidos por todo el mundo como “los socialistas de programación” o “los gurús del software libre”.
Frente a las aspiraciones económicas del todopoderoso Gates, los informáticos que participan en el desarrollo de Linux ni siquiera cobran por su trabajo. Sus únicas compensaciones parecen ser la posibilidad de aprender y de darse a conocer profesionalmente. “El hecho de que mucha gente utilice mi producto me hace sentirme bien”, ha admitido alguna vez Torvalds, antes de mencionar una supuesta “nueva cultura en la que el valor de una persona no depende tanto de sus posesiones como de lo que entrega a los demás”.
Además de estos beneficios inmateriales, el informático finlandés ha conseguido recorrer el mundo para dar conferencias, varias invitaciones a tomar cerveza -una de sus aficiones nórdicas-, una conexión gratuita a Internet donada por una empresa local y un ordenador de segunda mano que le cedió uno de los colaboradores de Linux.
La conclusión de su tesis universitaria y el nacimiento de su primera hija, Patricia Miranda, han empezado a cambiar las cosas: Torvalds ha empezado a recibir importantes premios monetarios e, incluso, un puesto de trabajo en el que le permiten, eso sí, ocuparse de Linux casi a diario. Su nueva ocupación laboral, en una empresa del Silicon Valley californiano, es alto secreto, aunque las malas lenguas dicen que se trata de un proyecto para destronar al otro caudillo de los ordenadores: Intel, que fabrica la mayor parte de los motores de los PCs, los procesadores.
“No es el dinero lo que me ha traído aquí sino la mentalidad propia para la creatividad y la innovación”, dice para justificar su huída de Europa hacia la meca de la informática. Como el actor que da el paso a Hollywood, Torvalds, que no tiene tiempo para leer el periódico ni ver la televisión, empieza a admitir públicamente que en su vida debe haber otras cosas, además de ocuparse de Linux y de su familia. “Estoy buscando una vida más normal” o “hasta ahora me he concentrado demasiado en los problemas técnicos”, son algunas de las frases que repite últimamente este héroe de los informáticos.
Con su aspecto de científico, barriga incipiente y gafas incluidas, Torvalds sigue trabajando de forma altruista en su “principal hobby”, Linux, pero sus perspectivas han cambiado con su llegada a la patria del libre mercado. Conduce un coche potente y vive, son su mujer, su hija y dos gatos, en una casa mucho mayor que el apartamento que le acogía en Helsinki y en la que hay siete potentes ordenadores que le permiten realizar todo tipo de pruebas con los programas.
“Ahora que he visto el lado comercial de la informática, tengo claro que no quiero volver a la universidad”, ha declarado recientemente para explicar que su objetivo no es convertirse en un ratón de laboratorio. Aunque admite que los seguidores de las teorías del software libre no aceptarían que “su héroe” se pasara al otro campo, Torvalds ha realizado en una reciente entrevista alguna afirmación que parece extraída de la boca de Bill Gates: “El desarrollo de programas informáticos comerciales -los que se realizan para ganar dinero- tiene varias ventajas, derivadas del incentivo monetario, que se suelen traducir en mejores productos”.
Como si la edad, la familia y el calor de California hubiesen acabado con su espíritu revolucionario, Torvalds, que todavía conserva su mirada cándida e ingenua, pretende ahora perder el protagonismo de Linux y ya no le preocupa el hecho de que algunas empresas empaqueten el programa y lo vendan en las tiendas. “No sólo he aprendido mucho, sino que he podido conocer a miles de personas a través del correo electrónico y de los foros de Linux”, concluye, como queriendo dar a entender que su ventaja respecto a Santa Claus es que actúa a cara descubierta. Eso sí, siempre detrás de un ordenador.


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"Linus Torvalds, el Santa Claus de la informática"
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