Estos días hemos padecido un bombardeo de informaciones y opiniones en torno a la gravedad de que Gipuzkoa tenga un tipo de impuesto de sociedades superior al de Alava y Bizkaia. Curiosamente, nadie se había quejado nunca de que Navarra, La Rioja o Aquitania lo tuvieran desde hace mucho, pese a nuestro supuesto europeísmo.

El debate de la fiscalidad es una falacia. Lo único que demuestra es que los lobbys empresariales tienen aún una fuerza tremenda en Euskadi. Cuando menos, a la hora de trasladar sus argumentaciones a las portadas de los periódicos. Su intento de presión sobre los políticos, y fundamentalmente sobre EA, ha sido manifiesto.

Y es una pena que los medios no hayan aprovechado esta ocasión para abrir un debate sobre el impuesto de sociedades. ¿Tiene sentido hacer pagar impuestos a un ente puramente jurídico? Si estamos abocados a una sociedad de la información en la que mover una empresa virtual es sencillísimo, ¿no deberíamos tender hacia la eliminación de una carga que incentiva precisamente que las compañías se marchen?

Al fin y al cabo, hoy en día muchas empresas son meros entes virtuales que pueden estar en un sitio igual que en el otro. Esto es una realidad especialmente en el mundo financiero, pero también en sectores como el del transporte o el de la consultoría.

Una compañía que ofrece servicios por Internet puede estar registrada en cualquier país del mundo. Si estar en Euskadi le supone pagar el 30% de sus beneficios, se irá a otra parte. Si tiene empleados vascos que trabajan de manera autónoma (y ésta parece ser la tendencia futura) o que lo hacen desde otros puntos del mundo a distancia, no tiene por qué pagar tener ninguna entidad jurídica en nuestro territorio.

Es cierto que las empresas industriales sí que tienen establecimientos físicos y, por tanto, pagan impuestos. No les queda otro remedio. Pero esto supone una clara discriminación sobre este tipo de compañías, en relación con las que no producen nada físico. Y por si fuera poco, este tipo de empresas cada día se establecen con mayor entusiasmo en países como China.

Dicho de otra forma. En cinco años el impuesto de sociedades no tendrá ningún sentido. Las empresas estarán donde a sus dueños les apetezca que estén. Y obviamente, no lo harán en aquellos lugares que tengan tasas y otras cargas.