(Por Antxon Pérez de Calleja) El déficit de 2011, mucho mayor del previsto, y una recaída en la recesión han vuelto a activar todas las alarmas y relanzado el programa de reformas del nuevo Gobierno. No hay margen de maniobra para más paños calientes. Hasta ahora, la situación de emergencia ha dado para una reforma laboral, un hito histórico dado que es la primera reforma real de la democracia, y para un enunciado de reforma financiera que inspira serias dudas, por corta e insuficiente. No es poco para lo que habitualmente dan de sí los políticos-funcionarios. Y esto no es mas que el principio porque los mercados no van a dar tregua (la prima de riesgo española ha vuelto a superar a la italiana) y el objetivo de déficit que le han concedido a Rajoy, 5,3%, requiere un esfuerzo descomunal.

Ya se puede hacer un primer balance de la crisis y este es desolador. No sólo porque la cifra de parados se acercará a los seis millones hacia finales de año (600.000 más) sino porque apenas se ha avanzado en la resolución de los principales problemas económicos. La burbuja inmobiliaria se ha convertido en un pozo sin fondo para el sistema financiero, y la crisis fiscal ha puesto de manifiesto la resistencia del Estado a una austeridad que exige la reducción de su tamaño. Aquí todo el mundo espera que las reformas se les apliquen a los demás. España era probablemente el país del mundo más vulnerable ante una crisis de estas dimensiones y ha sido con toda seguridad el de menor disposición para afrontarla.

La nueva política económica tiene que intentar una especie de vuelta al origen. Hay que desandar el camino que nos ha llevado a este desastre: vender las viviendas acumuladas, limpiar el sistema bancario de sus excesos y situar el gasto público al nivel de los ingresos disponibles. Una tarea que llevará años, unos cinco aproximadamente si seguimos a este ritmo. En realidad, no dependemos de nosotros mismos. Al igual que en las crisis anteriores, antes que nada tiene que producirse una recuperación internacional, especialmente europea, que nos saque del agujero en el que estamos. Pero hay que estar preparados cuando eso ocurra lo que hace referencia a una competitividad muy maltratada durante todos estos años. España ha vivido un espejismo pero la realidad tiene que acabar por imponerse.

1. Cuando alguien se equivoca de camino, se le suele aconsejar que vuelva al punto de partida, o allí donde tomó la desviación equivocada, para retomar la dirección correcta. Esto es justamente lo que tiene que hacer España antes de pensar en otra cosa.

España cometió un tremendo error, alimentar una tremenda burbuja inmobiliaria en la que se jugó todo el dinero que tenía y todo el que le prestaron, que fue muchísimo. Poner remedio al desaguisado va a costar mucho tiempo y muchos sacrificios. Desde diversos puntos de vista, la broma le va a costar a la nación entre una y dos décadas de crecimiento. De hecho, cuando empecemos a crecer de nuevo, más o menos sólidamente, allá por el 2015, la renta per cápita de los españoles se situará al nivel de la que teníamos una década antes. Y eso confiando en que no volvamos a sufrir una recaída como la que estamos experimentando ahora mismo.

Hemos metido la pata, y antes de nada hay que pensar en sacarla. El exceso de inversiones inmobiliarias ha hundido al sistema financiero, y la caída del PIB ha destrozado la capacidad recaudatoria y creado una monumental crisis presupuestaria. A todo esto hay que añadir la pérdida de competitividad que se ha producido por dejar crecer precios y salarios muy por encima de la media comunitaria cuando sabíamos que no podíamos devaluar. Un suicidio colectivo fruto de la inconsciencia del Gobierno, la irresponsabilidad del Estado y el dejar hacer de la sociedad. Hasta ahora la constitución democrática no nos ha convertido en ciudadanos con capacidad para influir en su destino.

2. Examinemos el estado de la cuestión en las cuatro parcelas más significativas

a. Es difícil saber con exactitud pero se estima que hay todavía un millón de viviendas nuevas vacías y sin vender. Una cifra que apenas se ha reducido en estos cuatro años de crisis: apenas se vende y se siguen terminando muchas promociones que por estar muy avanzadas no se podían abandonar. Además, las instituciones han aportado su grano de arena fomentando un gran volumen de viviendas sociales para las que ni siquiera son ahora capaces de encontrar demanda. Como ejemplo baste el de Álava, cuyas instituciones se han visto obligadas a suprimir cualquier tipo de requisitos (renta, domicilio) para dar salida a las viviendas sociales construidas en los últimos años. Y eso con los problemas presupuestarios que todos conocemos.

En medio del desempleo y la sequía crediticia, el problema no tiene solución a corto o medio plazo. La reforma financiera va a intentar, entre otras cosas, sacar al mercado las viviendas que han caído en manos de los bancos y cuyas valoraciones no responden a la realidad. Se habla de abaratar las mismas al menos en un 30% pero una cosa es hacer una reforma y otra conseguir que tenga un impacto real. Sin empleo y sin crédito, al sector le quedan no menos de cinco años de travesía en el desierto.

b. El más directo damnificado por la crisis inmobiliaria ha sido el sistema bancario, que se lanzó a financiar la burbuja contra toda suerte de mandamientos financieros, empezando por el de la diversificación del riesgo (no pondrás todos los huevos en la misma cesta). Después de cuatro años de crisis, el panorama es desolador: las dos terceras partes de la banca española está quebrada de iure o de facto. Sobrevive en plan zombi a la espera de que aparezca una solución mágica. La banca se ha tenido que hacer cargo de más de 70.000 millones de activos (suelo y viviendas) mientras mantiene con los promotores inmobiliarios unas relaciones de amor-odio derivadas de un endeudamiento que apenas se ha reducido y que se calcula entre 300 y 400.000 millones de euros, del que nadie espera menos de un 25% de fallidos.

El crédito sigue sin fluir a pesar de los enormes préstamos concedidos por el BCE porque toda la liquidez que la banca consigue en Europa la convierte en Deuda del Estado. De ahí que la prima de riesgo no se haya disparado a pesar del fracaso en el cumplimiento del objetivo de déficit fiscal. Por otra parte, la banca sabe que antes o después tiene que afrontar la devolución de unos 400.000 millones que debe a los mercados mayoristas, lo que llevará tantos años como los que emplee el sector en regularizar su situación. Si del mercado de la vivienda hay pocas noticias (el sector inmobiliario vendió en 2011 la mitad del año anterior), del mercado de suelo no hay ninguna; de hecho ha dejado de existir, al menos temporalmente.

Mientras tanto, continúa el proceso de concentración y reconversión. Después de reducir el número de cajas de ahorro de 45 a 15, la segunda fase en que ahora entran se podría enunciar diciendo que una tercera parte del sistema (relativamente sano pero también con problemas de capitalización) ha de rescatar a las dos terceras partes restantes, decididamente insolventes. Todos mirando a ver qué pone el Banco de España o el Estado de su parte. La banca tiene por delante al menos un lustro de dificultades en que no estará para nadie.

c. la crisis del Estado empieza a adquirir su verdadera dimensión. Después de más de una década de excesos, lo que aflora es un Estado sobredimensionado, incapaz de reestructurarse, inamovible, rígido, redundante, corporativista e insolidario, que se refugia tras la hoja de parra de la sanidad y la educación para no hacer lo que tiene que hacer: eliminar las excrecencias que se le han pegado durante todos estos años: televisiones autonómicas, inversiones para la galería (AVE y aeropuertos), carreras universitarias que nadie demanda, sociedades públicas saqueadas, todo tipo de Hunosas, más los parásitos habituales–la iglesia, los sindicatos, la patronal y los partidos políticos ( y el fútbol)–, decididos a vivir de la cucaña.

En los últimos tres años, en medio de las mayores dificultades que haya atravesado nunca la deuda pública de la nación, el Estado sólo ha sido capaz de bajar el déficit desde el 11,1% del PIB (2009) al 8,5% (2011), un poco más de un punto por año. Haciendo gala de una curiosa asimetría, el Gobierno socialista aumentó el gasto en 80.000 millones en un año (con gran facilidad) para luego bajarlo en los dos siguientes en 25.000 millones (con enormes dificultades). En 2012, que va a ser uno de los peores ejercicios con una caída del PIB cercana a los dos puntos, Rajoy se propone reducir casi el doble, del 8,5% al 5,3%, lo que parece imposible, aún sufriendo el acoso de los mercados, que no van a dar tregua. De momento, es significativo que nuestra prima de riesgo haya vuelto a superar a la italiana. Rajoy inspira más temores que Monti, lo que ya es decir. El pobre acaba de toparse con la realidad de un Estado monstruoso que, invocando a Santa Rita, no quiere que le quiten lo que le han dado.

El proceso lleva un retraso de unos dos años sobre el programa trazado por la Comisión Europea lo que quiere decir que viviremos en un apuro constante por lo menos hasta 2015.

d. en un ejercicio tan malo desde el punto de vista de la salida de la crisis como ha sido 2011, el déficit de la balanza de pagos se ha acercado al 4% del PIB. Es una demostración más de que no somos competitivos. No haber podido devaluar está detrás de todos nuestros problemas. Aunque el verdadero problema es el de que nuestros precios y salarios han crecido mucho más que la media comunitaria.

Cada vez que entramos en crisis, se reproduce el mismo discurso: nuestras empresas dependen en exceso del mercado interior. El problema es que decir eso equivale a cuestionar todos los fundamentos de nuestra economía: los costes (salariales pero también los de la energía, el transporte, etc), la tecnología, las marcas (o la ausencia de ellas), la distribución exterior, etc. Siempre se utiliza el mismo ejemplo: Italia, un país tan parecido (en lo malo) al nuestro exporta prácticamente el doble que nosotros.

Irnos acercando a esa referencia representa un programa como para movilizar las energías de todo un país durante una década. Mientras tanto hay que esperar a que se produzca una recuperación internacional sana y sostenida. Como en todas las crisis anteriores, nosotros no salimos de este tipo de situaciones extremas por algún tipo de talento interno, sino que hemos de ser arrastrados por una corriente de crecimiento externo que nos ponga las cosas en bandeja.

3. Esto no ha ocurrido por casualidad. Hay que recordar que tenemos una historia muy dura y muy desgraciada. España inicia su desarrollo en 1960, diez años después del resto de Europa, y se incorpora a la UE en 1986, casi treinta años después de los fundadores, de los que deberíamos haber sido parte si no hubiera sido por la Dictadura. Mientras no se demuestre lo contrario, España sufre un retraso de una generación en materia de productividad y tecnología, retraso que no tiene reflejo en sus salarios, que están totalmente actualizados. La década 2000-2009 no ha hecho sino agravar el problema con una subida salarial que superó en treinta puntos a la de la productividad. Así que en ausencia de devaluación, hay que proceder a una devaluación interna, mucho más difícil y espinosa. El verdadero objetivo de la reforma laboral no es abaratar el despido, que también, sino abaratar los salarios. Porque si no lo conseguimos no crearemos empleo en muchísimos años.

España puede aguantar casi todo, incluso una crisis fiscal y bancaria de estas dimensiones, pero no puede aguantar a seis millones de parados durante un largo período de tiempo. Es la consecuencia de no haber hecho las reformas oportunas en su día. Tardar 37 años en hacer una verdadera reforma laboral ha supuesto bordear el suicidio de forma permanente (desde 1982, 22 años con tasas de paro superiores al 15%) para finalmente pegarnos un tiro. Cuando estalló la crisis España era el país más vulnerable de Europa y casi del mundo. Demasiados años de jugar con fuego.

La crisis mundial, que en principio es igual para todos, nos ha cogido sin haber hecho los deberes, con todas las reformas pendientes y con un Estado que es el primero en incumplir sus propias obligaciones. Dejar de pagar durante más de un año a sus proveedores (algunos de algo tan vital como son las medicinas), o proponer que primero cobrarán los que hagan descuentos, revela una desvergüenza propia de la picaresca. La quiebra de todo empezando por el respeto de sí mismos. Con la pasividad de toda la sociedad, espectadora pero no partícipe.

El balance de esta crisis es el mismo de las anteriores. El país no aprende y repite siempre los mismos errores. Estamos ante un fracaso que hunde sus raíces en la falta de rigor, en la inclinación a vivir en el presente, en la predisposición a funcionar sin margen de maniobra alguno y a repartir no lo que hemos producido sino lo que vamos a producir. Los gestores de la democracia han resultado no ser mejores que los del franquismo. Sólo que podían despilfarrar mejor porque tenían más dinero.

4. Si hay algo llamativo en esta historia es que en los cuatro años que dura ya la crisis (2008-2012) apenas hayamos avanzado en la resolución de los problemas planteados. En muchos aspectos estamos como al principio. La cuestión inmobiliaria está estancada; en el problema bancario se ha hecho mucho en su reestructuración y muy poco en dar solvencia a sus balances; en la crisis fiscal, los progresos en materia de déficit han sido mínimos. Sólo en el tema de la productividad se han dado pasos significativos, y por el método conocido, destruyendo empleo. Así no es posible encarar la salida de la crisis. Cuatro años dilapidados, lo mismo que nuestra imagen de país, y nuestra confianza en nosotros mismos.

Sólo un gobierno que se atreva a romper con la idea de que lo mejor es dejarlo todo como está (que es el objetivo de la huelga general del próximo 29 de marzo) y un tejido económico que se tome en serio salir al exterior nos puede sacar de este embrollo. Pero desengañémonos, no hay soluciones fáciles. La cura de caballo que estamos aplicando ejerce un efecto depresor de tal magnitud que el IPC español ya está por debajo de la media comunitaria. Lo nunca visto. Es la consecuencia de un doble desapalancamiento, el que están llevando a cabo, al mismo tiempo, el Estado (déficit) y los bancos (deuda). En medio de una recesión, el remedio puede ser peor que la enfermedad. Pero, ¿tenemos alternativa?.

Los próximos tres o cuatro años van a ser fundamentales y en ellos se va a demostrar la talla de gobernantes del partido en el poder y la capacidad de gestión de los empresarios en el seno de las mayores dificultades que hayamos vivido nunca. Como dicen los castizos, les quiero un recado.

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