En la Reunión Anual de Rimini (Italia) de 2010, “The Rimini Meeting for Friendship Amongst Peoples” (Domingo 22 Agosto, 2010), la Presidenta de Irlanda, Mary McAleese, impartió un discurso ante casi 10,000 personas titulado “Las Fuerzas que alteran el transcurso de la historia, no son sino las que cambian los corazones de la gente”. En él, habló de los factores clave para la resolución del “Conflicto Irlandés”. Muy a menudo, se menciona el Caso Irlandés al referirse a la Cuestión Vasca, aún cuando el conocimiento de los hechos históricos que tengan los interlocutores pueda no ser más que superficial. Y sin embargo, las causas fundamentales de conflicto entre pueblos y gentes – sean irlandeses, ingleses, árabes, judíos, inmigrantes, vascos o españoles, e incluso simplemente entre Personas – son esencialmente las mismas. Y sobre esas causas y su remedio trató el discurso de la Presidenta McAleese, de una manera sobria, realista, pero sobre todo alentadora. Aquí resumo, en gran parte en las propias palabras de la Presidenta McAleese, los aspectos que considero claves de su discurso y que creo que pueden estimular una reflexión fructífera entre los muy estimados lectores de CyberEuskadi.
1. Reconocimiento de la mutualidad del odio y del miedo, y de la indiferencia
La propia Presidenta de Irlanda nació en Irlanda del Norte (Belfast, 1951), en una cultura caracterizada por relaciones muy disfuncionales entre Irlanda e Inglaterra, pero también entre los propios irlandeses. Era una cultura de miedo y de odio hacia el “Otro” (o sea Católico o Protestante) que se transmitió de manera tóxica de generación en generación, y cada grupo en el “Conflicto” se atrincheraba, indignado por las injusticias contra él, defendiendo su perspectiva, su verdad de manera integrista. Lo diferente del Otro (que en este caso fue su “religión”) se demonizaba, mientras que lo diferente de uno mismo (p. ej. su lengua) se exaltaba. En las palabras del primer Presidente de Irlanda, Douglas Hyde, “El odio es una pasión negativa. Destruye de manera potente, muy potente; pero es inútil para construir.” Y todo esto acompañado por una indiferencia vergonzosa de muchos espectadores inertes, pasivos, en ambos lados, en quienes la capacidad básica humana para empatizar y cuidar a los demás se había extinguido.
La aparición de fuertes focos de tensiones sociales hace que existan zonas deterioradas (“underclass”) y que sea el miedo el principal impedimento para que las otras clases puedan actuar, como apunta el filósofo alemán Jürgen Habermas (1985). Había occurido entonces un proceso de “desolidarización”.
2. Cambio en el lenguaje de nuestro discurso y dialogo
La Presidenta McAleese recordó cómo el contenido de las conversaciones de la gente, sus “individual narratives”, se centraba diariamente en las diferencias, en las cosas que nos separaban a unos de otros, con el resultado de hacernos desconfiar aún más del “Otro”. Hubo una ignorancia masiva compartida; la triste realidad es que la gente de los grupos enfrentados lamentablemente no se conocía para nada. Entre los políticos, hubo constantemente un lenguaje de crispación y de mala fe que no ayudaba en absoluto a las iniciativas de resolución de conflicto. Hubo quienes se encargaron de sembrar actitudes que hacían que la vida de algunas personas y grupos se volvieran insoportables, actitudes que les mantenían muy vulnerables; actitudes que marcaban a uno con un sentimiento de exclusión, de ser victima, de no pertenecer. Y no es otro sino el lenguaje de odio que crea y mantiene este infierno. Una persona clave en conseguir el cambio radical en el discurso político fue el Enviado Especial de Estados Unidos, el Senador George Mitchell, quién presidió el proceso de diálogo que culminó en el Acuerdo de Viernes Santo (1998). El lenguaje del diálogo se transformó en algo menos antagónico y más responsable, más elegante, abriendo posibilidades en lugar de encerrarlas.
A nuestros políticos, hay que exigirles que dejen de emplear un lenguaje adolescente cuando hablan de la oposición, como si de dos adolescentes pueriles enfrascados se tratara, y que nos hablen de una vez por todas con un lenguaje elegante e inspirador, digno del pueblo que podemos llegar a ser. Cuando nos hablen de “diálogo” como una herramienta para llegar a consensos y a la resolución de conflictos, habría que recordarles que sus discursos deberían tener unas pretensiones de (i) inteligibilidad (capacidad de comunicar algo), (ii) verdad (capacidad de decir algo que tenga una correspondencia con la realidad), (iii) veracidad (capacidad de ser sinceros en la expresión de nuestras emociones, sentimientos o vivencias) y (iv) rectitud (capacidad de los interlocutores de atenerse a exigencias normativas) (Habermas, 1985, pp. 77-80). Y por último, ¿sería mucho pedir que su discurso fuera crítico, y capaz de conectar el conocimiento teórico con la transformación de la realidad?
3. La necesidad de auténticos líderes y de una política de generosidad ejemplar
En Irlanda del Norte, la gente aguantó durante muchos años una vieja política de mezquindad mutua. Esto impidió la expresión de la más mínima cordialidad entre los miembros de la comunidad. Hacía falta que aparecieran unas cuantas personas, auténticos líderes de sus comunidades, que audazmente se preguntaron si podrían encontrar un camino diferente a través de todo este dolor, hacia un marco compartido de resolución del conflicto. Estos líderes valientes tuvieron la capacidad de catalizar cambios en la mentalidad de la gente, y no menos importante, la capacidad de despertar en ella un sueño de una Irlanda mejor. Y hacía falta encarnar este nuevo espíritu en instrumentos eficaces para trasformar la sociedad en su conjunto. Hacia falta nuevos marcos, nuevos convenios, nuevos acuerdos, nuevas instituciones. Los Acuerdos Fundacionales de la Unión Europea y el Acuerdo de Viernes Santo, no fueron un montón de frases simples utópicas de buena voluntad. Cada palabra, cada concepto se forjó tras discusiones intensas y a menudo amargas. Estos documentos fueron “blueprints” para el pensamiento, pero también para la acción. Como dijo Leonardo da Vinci “Knowing is not enough; willing is not enough. We must do!”. Dieron lugar a una maquinaria compleja y densa, a instituciones, leyes y estructuras para revitalizar cada día a las ambiciones, principios y valores consensuados. Estas mismas arquitecturas institucionales que insisten en el respeto para todos, la representación para todos y la inclusión de todos, principios compartidos por la inmensa mayoría de los ciudadanos, mostrarían la sinvergüenza de las voces oscuras de los que demonizaban y dejarían paso a las primeras voces que nos hablarían sobre la tolerancia. Había que elaborar estructuras formales que fomentasen el desarrollo de las relaciones tolerantes y auténticas entre comunidades. El colonizado y el colonizador tenían que sentarse como iguales alrededor de la mesa de la UE y empezar a trabajar conjuntamente en una agenda común, en un gobierno que compartiese el poder, para que creciera la confianza y la convicción de que ambas partes podían trabajar juntas para resolver el conflicto y sembrar las semillas de una nueva cultura de auténtica tolerancia y de respeto mutuo.
Este concepto clave de TOLERANCIA hace referencia al reconocimiento de los demás como personas libres e iguales, que tienen el derecho de expresar sus opiniones y actuar de acuerdo con ellas en la medida en que no impidan el ejercicio del mismo derecho en los demás. Esta idea tiene que ver con lo que Charles Taylor (1994. pp. 82-83) denominaría “autenticidad” y política de reconocimiento, es decir, la aceptación de la diferencia en términos de diferencia y no de igualdad. En una sociedad multicultural, no debo reconocer al otro como igual, sino como diferente.
4. Aprovechar los vientos favorables
Lamentablemente, se nos había olvidado por completo nuestra historia compartida de problemas en común (empleo, educación de calidad, salud, bienestar social, calidad de vida…), nuestra interdependencia mutua y las oportunidades perdidas que despilfarramos, porque no vimos las posibilidades tremendamente ricas que nos ofreció la alianza mutua. Somos todos conscientes de la carnicería despilfarradora e indignante que fueron las guerras del siglo pasado. Y sin embargo, hemos tenido el gran privilegio de crecer con las palabras de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, proclamando la dignidad intrínseca y el derecho de igualdad de toda persona. Hemos visto durante nuestra vida un compromiso firme por parte de muchos líderes auténticos, de construir una Europa que fuera ejemplar en su defensa de los derechos humanos, una Europa que fuera un referente en su dignidad y honestidad; una Europa donde siempre se buscara la verdad de las cosas en lugar de la mentira, no importando lo incómoda que pudiera ser esa verdad; y una Europa que más allá de esa verdad y su vindicación, buscara también la reconciliación. En esto iba residir la grandeza de Europa.
Tras estos vientos de frescura y cambio Europeos, llegó en Irlanda el Acuerdo de Viernes Santo de 1998. Fue un esfuerzo para dejar atrás el ciclo eterno y autoperpetrante de los daños acumulados en el transcurso del tiempo, hacia un marco de relaciones personales caracterizados por la frescura, basado en la libertad, justicia, igualdad y paz para todos. Este Acuerdo fue la base de una nueva manera de pensar y de actuar. Fue un intento de coger el timón de la historia y asegurarse que ese timón ya no se iba quedar más en las manos caprichosas de las fuerzas malignas y oscuras de la naturaleza humana. Fue la hora de empezar a construir puentes de curiosidad respetuosa mutua.
La elaboración de nuevos conceptos de identidad basados en relaciones de reconocimiento e igualdad ha sido clave para la construcción de una Europa en paz. La UE no podía plantearse en términos de suma de las distintas culturas, sino más bien como una síntesis en la que se transcienden los límites nacionales. La identidad de una nación o de los ciudadanos de un territorio tenía que encontrar su base en un principio transnacional (Habermas, 1989, p. 118).
5. Participación activa del individuo
“Be the change you want to see in the world” dijo el venerable Gandhi, o sea que uno mismo tiene que SER el cambio que uno quiere ver en el mundo. En palabras de la Presidenta Irlandesa, las fuerzas que alteran el transcurso de la historia no son sino los mismos que cambian los corazones de las personas; la pelota del desarrollo del mundo se nos vuelve a nuestro tejado, al tejado de los individuos, de las personas!. Pero ¿qué podemos aportar nosotros, la gente normal y corriente? La Presidenta McAleese cree que la esencia del cambio reside en muchísimos actos cotidianos de generosidad y amabilidad de la gente de la calle, o en las palabras del poeta británico W. Wordsworth [quien compusó “The Oak of Guernica” (1810)], “the little, nameless, unremembered acts of kindness and of love”. El poder del cambio reside en la capacidad de engendrar y efectuar cambios a través de la vida diaria, a través de lo que decimos y lo que hacemos. El poder reside en cada individuo que no deja para otros la labor de cambiar la historia.
En los jóvenes de hoy día, se puede percibir mucha incertidumbre, mucha falta de compromiso, pero también una sed para poder ir mas allá de la curiosidad sobre la diferencia del Otro, hacia una amistad y un compartir, tanto profundo como auténtico. Allí está en el fondo la clave esencial, el valor de acoger al Otro, precisamente porque es otro, y de caminar juntos en este viaje demasiado corto por este mundo que es, para los que quieren VER, un mundo de riqueza inestimable. Fue el filósofo de Letonia Nicolai Hartmann (1882-1950) quién dijo “The tragedy of man is that of somebody who is starving and sitting at a richly laden table, but does not reach out his hand, because he cannot see what is right in front of him. For the real world has inexhaustible splendour, the real life is full of meaning and abundance; where we grasp it, it is full of miracles and glory”. ¡Vaya miopía y falta de perspectiva que padecemos a veces!
6. La resiliencia (o capacidad de recuperación)
Somos una generación privilegiada, porque, entre otras cosas, vivimos un momento histórico; somos testigos de la construcción de una fascinante nueva historia en Europa. Pero esa construcción no es siempre elegante, ni bonita. El llegar a consensos es a menudo cacofónico y una pesadilla; los negociadores tienen a menudo tantos problemas en convencer a los suyos, como en convencer a la oposición. Dice McAleese que hubo días y noches interminables de negociaciones, abandonos, broncas, problemas de procedimiento, conflictos de personalidades, prevaricaciones, disgustos, desconfianzas, dudas, y episodios de violencia atroz diseñados para descarrilar el dialogo y desanimar a los constructores del consenso, devolviendo a todos a sus trincheras sectarias; y hubo un montón de problemas imprevisibles. Hubo negociadores clave que no podían estar en la misma habitación con el otro y algunos que hasta hoy día no pueden incluso estrechar la mano del otro.
Y a pesar de ello, a través de un proceso doloroso de persuasión insistente, una masa crítica de ciudadanos se empeñaron en hacer los sacrificios y compromisos necesarios para construir una nueva futura de igualdad para todos. El proceso de trasformación requiere tiempo, esfuerzo, coraje, paciencia y resiliencia para afrontar los fracasos y la oposición. Paso a paso, a través del puro y simple esfuerzo de intentarlo, sin tirar la toalla, se llegó una comprensión más profunda de las raíces del conflicto, y del Otro. Como dijo el filosofo irlandés Edmund Burke “Nunca desesperes, pero si te encuentras con la desesperación, sigue trabajando a pesar de ella”. El Acuerdo de Viernes Santo no fue un simple evento único que trasformó para siempre la historia; fue más bien el inicio de un proceso tanto largo como duro de desaprender antiguas convicciones y aprender nuevas perspectivas con, como dijo W. Churchill el coraje de afrontar fracaso tras fracaso, sin perder el entusiasmo (The courage of going from failure to failure, without loosing enthusiasm). En el fondo, conseguir el mundo que queremos, que deseamos, del que somos capaces, se puede hacer, de la misma manera en que se está construyendo la paz en Europa e Irlanda; lo construimos de una manera no muy romántica, sino realista, a través de un proceso diario, semanal, mensual de intercambiar opiniones, de lentamente erosionar antiguas fronteras, sin ruido, construyendo poco a poco nuevas estructuras. Si nos empeñamos en esto, y si lo hacemos con amor, “así será; con el tiempo, así será” afirma la Presidenta.
7. Cultivar el Sueño
La Presidente Irlandesa podría decir con Martin Luther King “I have a dream”. Sí, tiene un sueño: sueña con una humanidad cuya capacidad de realizarse en bondad, grandeza y belleza es inherente a ella. Y siendo una mujer pragmática, propone una metodología para que este sueño puede realizarse: la evolución de la humanidad tiene que pasar por el acogimiento de la disciplina del amor en lugar del odio; es más, la transformación de nuestra sociedad y nuestro mundo requiere una visión imperturbable de las posibilidades que nos llegan cuando se elige amar en lugar de odiar. Pero además de soñar, hay que cultivar el sueño. Rimini es un buen ejemplo de un sitio donde se cultiva ese sueño, afirmando y celebrando la bondad y grandeza de que somos capaces los humanos. En Rimini, nadie es extranjero, y los que no se conocen llegan a ser amigos independientemente de (o tal vez, precisamente debido a) las diferencias y diversidades.
La especie humana es, biológicamente hablando, una especie joven; aún es una especie puerilmente adolescente (¡no hace falta más que mirar el telediario!) que todavía no ha llegado a una madurez adulta. Por ello, esas capacidades humanas, la capacidad de soñar, de amar, en las que cree McAleese, está aún en un proceso de desarrollo. Pero “soñar” ¿qué significa? Significa no quedarse con la mera “actualidad” de las cosas, sino también con su “potencialidad”. Significa emplear la imaginación para anticipar mundos mejores, como primer paso a su realización. Como dijo Johann W. van Goethe:
“Si trato a un hombre solamente por lo que es,
le hago peor.
Tratándole como si fuera lo que debería ser,
puedo hacer de el lo que puede llegar a ser”.
Sin un sueño, sin una visión compartida y robusta que nos estira, el rumbo, esa Ítaca nuestra como pueblo, se desvanece. Y “la disciplina del amor”, ¿qué significa? Erich Fromm nos ofrece una definición que puede venir a cuento: “una forma productiva de relacionarse con el Otro y con uno mismo, con Responsabilidad, Cuidado, Respecto y Conocimiento y un deseo para el crecimiento y desarrollo del Otro, bajo la condición de la preservación de la integridad del Otro” (E. Fromm, 1947).
Para concluir, recuerdo las palabras de esos líderes valientes que dan comienzo al Acuerdo del Viernes Santo de 1998:
“Nosotros creemos…que el Acuerdo que hemos negociado ofrece una oportunidad histórica para un Nuevo Comienzo. Las tragedias del pasado han dejado una huella profunda y lamentable de sufrimiento. No debemos olvidar nunca a los que han fallecido, o han sido mutilados, y sus familiares. Y sin embargo, la manera más digna de honrarles a ellos y a su memoria es a través de un Nuevo Comienzo, en el cual nos comprometemos firmemente a conseguir la reconciliación, la tolerancia y la confianza mutua y a la protección y vindicación de los derechos humanos de todos”.
Euskadi, ¡TE TOCA!
David J. Fogarty PhD (david.fogarty@ehu.es)
Nota 1: El texto original en inglés del discurso de la Presidenta de Irlanda se puede leer en las pp. 2-4 del boletín de la Asociación Vasco/Irlandesa CARA “ The Irish/Basque Community Network (IBCON) Autumn Newsletter – 2010” que se puede descargar en la siguiente dirección: http://www.laguncara.com/images/docs/1011CARANews.pdf
Nota 2: Jürgen Habermas (Düsseldorf, Alemania, 1929- ) es considerado uno de los más influyentes filósofos en todo el mundo; fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias en Ciencias Sociales en 2003.
REFERENCIAS
FROMM, E. (1947) Man for Himself. An inquiry into the psychology of ethics.
HABERMAS, J. (1985). Conciencia moral y acción comunicativa. Península, Barcelona (Spain)
HABERMAS, J. (1989). Identidades nacionales y postnacionales. Tecnos, Madrid (Spain)
TAYLOR, C. (1994). Ética de la autenticidad. Paidós, Barcelona (Spain)
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David,
Como siempre, la lectura de tus ideas es siempre inspiradora. No me gusta ser simplista pero quería resaltar una frase que me ha llegado especialmente:
“A nuestros políticos, hay que exigirles que dejen de emplear un lenguaje adolescente cuando hablan de la oposición, como si de dos adolescentes pueriles enfrascados se tratara, y que nos hablen de una vez por todas con un lenguaje elegante e inspirador, digno del pueblo que podemos llegar a ser.”
Interesante artículo, aunque siempre he pensado que no hay que llevar demasiado lejos los paralelismos con la situación en Irlanda.
Por otra parte tengo que reconocer que esto “propone una metodología para que este sueño puede realizarse: la evolución de la humanidad tiene que pasar por el acogimiento de la disciplina del amor en lugar del odio” a mi no me parece una metodología, solo una sucesión de buenos deseos.
Gracias “ex-aitor” por tus comentarios. Tienes toda la razon en que los detalles de las dos situaciones son bien distintos, aunque en el FONDO, hay mucho en común.
No querría entrar en metodologías específicamente políticas en este artículo, por no ser de mi competencia. Sin embargo, creo que hay “metodologías de actitud” que son esenciales para afrontar cualquier conflicto y los 7 puntos de este artículo creo que son de esta índole.
Gracias por tu interés. David
Muy bonito. Ahora en serio, ¿para superar estos problemas es lógico aplicar el artículo 4 del plan Ibarretxe, que preveía una separación social en grados de adscripción ideológica o sentimental?
Creo que tenemos un grave problema, que viene no de quienes aguantamos no ser parte de la ideología oficial imperante en Euskadi, sino de la beligerancia de quienes quieren ver grados de clase en la ciudadanía en función de sus identidades. Como en Ruanda, con los hutus y los tutsis. O como en Irlanda, con los católicos y protestantes.
Ibarretxe, y toda la ideología y masa política que lo sustenta, no firmaría esas palabras “buenísticas” de McAleese, porque él en su gobierno hizo lo diametralmente opuesto.