La crisis financiera que vivimos y que está generando el colapso de grandes bancos y fondos de inversión en EE.UU. no es un fenómeno nuevo. En Euskadi hemos vivido dos casos especialmente sangrantes: el del Crédito de la Unión Minera y el del Banco de Inversión y Servicios Financieros (BISF).

Algo común a todos estos casos es la especulación y la creatividad contable para ocultar algo que se parece más a una estafa piramidal. Más o menos lo que estaba haciendo Bernard Madoff, el ex presidente de la bolsa Nasdaq, con grandes patrimonios que confiaban ciegamente en él. Por cierto, la firma de abogados que lleva el caso tiene entre sus socios fundadores a un descendiente de vascos, un tal William Orbe.

El caso más cercano en el tiempo es el del BISF, una entidad fundada por el ex vicelehendakari Javier García Egocheaga y que tuvo en su consejo de administración a algunos prohombres de la Administración vasca y a otros ligados al Gobierno central. El BISF basaba su negocio en la captación de capital para después invertirlo en pagarés de las diputaciones forales, eventualmente opacos fiscalmente.

Además, esta entidad vendió acciones a pequeños inversores, que esperaban multiplicar su dinero con la posterior salida a Bolsa del BISF, que obviamente nunca se llegó a producir. En 1991 las cosas se torcieron en el mundo financiero. Tras la suspensión de pagos del Banco Europeo de Finanzas, el mercado interbancario se cerró, tal y como sucede actualmente. Después caerían Ibercorp y el BISF.

Así salieron a la luz operaciones oscuras de la entidad presidida por Egocheaga: préstamos no contabilizados a consejeros y accionistas, créditos de dudoso cobro que no estaban contabilizados como tales y, lo que es peor, dinero de clientes que no había sido invertido en pagarés, con lo que luego no podría recuperarse. El BISF no sólo quebró sino que, además, el Banco de España, abrió un expediente a sus administradores.

Más espectacular fue el caso del Crédito de la Unión Minera, que se codeaba con el Banco de Bilbao a principios del siglo XX. La entidad había crecido mucho recaudando dinero de pequeños mineros. Sin embargo, no todo el dinero se invirtió correctamente. Al parecer, algunos gestores cogieron acciones de sus clientes y jugaron con ellas, sin que las operaciones figuraran en balance.

Con tan mala suerte que, tras la primera guerra mundial, la bolsa cayó estrepitosamente y el dinero se perdió. El tema dio tanto juego que hasta se escribió un libro: “Novelas de la quiebra”, de Juan Antonio Zunzunegui. Los juzgados declararon la quiebra como fraudulenta y los gestores acabaron en la cárcel.

Entre ellos, el marqués de Acillona y varios miembros de la familia Ussía, de origen alavés y fundadora del Banco Central. Entre los afectados destacaban Horacio Echevarrieta y las famlias Chávarri y Gandarias. También de entonces proviene el recurso a la información privilegiada. Un tal Juan Luis Ybarra retiró fondos del Crédito de la Unión Minera justo antes de la quiebra.

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