El lehendakari Ibarretxe anunció el jueves la creación de un nuevo fondo de capital-riesgo para empresas innovadoras en fase de lanzamiento, Ekintzaile XXI. Creo que es una de las medidas más acertadas que se han tomado en los últimos tiempos. De todas formas, hay más cosas que se pueden hacer.

Euskadi cuenta ya con un amplio espectro de ayudas públicas para poner en marcha empresas. A veces tengo la sensación de que hay hasta demasiadas y que algunas instituciones compiten entre sí por atraer a los nuevos proyectos. Pero el emprendedor se queda solo cuando ya ha montado la empresa. Ahí termina el apoyo, precisamente en el momento más delicado.

Por eso resultaba fundamental disponer de herramientas de financiación para impulsar a las nuevas empresas en esos primeros instantes. Y con apoyo de verdad, del que permite contratar empleados que contribuyan a crecer y a facilitar que el emprendedor no tenga que estar “a todo”.

De todas formas, no todo es dinero. En Euskadi se echa de menos la existencia de foros que reúnan a los creadores de empresas y eviten que se sientan solos. Algo como el Foro Internet Bilbao que organizábamos a principios de siglo. En otros lugares este networking juega un papel fundamental en el estímulo del emprendimiento y en la conformación de nuevos proyectos.

Otro consejo, esta vez dirigido claramente a la Administración, es que una parte de la contratación pública se dirija hacia las startups. Lo decía Javier Echarri, secretario general de la Asociación Europea de Capital Riesgo, en la conferencia en la que participaba Ibarretxe: “El mejor aval para la supervivencia de las empresas incipientes es la demanda, instando a las instituciones públicas a ser el primer cliente de éstas para validad su actividad”.

Y sin embargo, la realidad es que las startups lo tienen muy mal para adjudicarse concursos públicos. Por una parte, por desconocimiento del sistema. Por otra, por el favoritismo que existe hacia las empresas más grandes y hacia los proveedores con mayor número de contactos en la Administración. Se llega al extremo de que muchas entidades públicas exigen años de experiencia a sus contratistas e incluso volúmenes de facturación.

Mi experiencia personal es que la Administración contrata muy poco a las empresas más jóvenes. El Gobierno apoya su creación, pero luego es incapaz de encargarles trabajos y prefiere a sus proveedores de toda la vida. ¿Cómo modificar el sistema? Quizás haya que aplicar una cierta discriminación positiva, puesto que no es fácil encontrar fórmulas para favorecer a las empresas más jóvenes.

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