Desde que Xabier Aja lo anunciara en Deia el pasado domingo, esta semana se han repetido las noticias en torno a la salida de Juan Angel Beldarrain de la dirección de Ipar Kutxa (la antigua Caja Rural Vasca). Pero nadie parece haber aclarado por qué ha sido sustituido por Carlos Osés.

Lo cierto es que Beldarrain llevaba muchos años al frente de esta entidad y la excusa de la edad le era aplicable. Pero su estilo jerárquico de dirección le había generado ciertas enemistades en el Consejo Rector de la caja, que es una especie de Consejo de Administración.

Beldarrain hacía y deshacía a su antojo. Cuando las cosas salían bien, no había problema, lo cual en las entidades financieras se suele traducir en beneficios, de casi 12 millones de euros en el caso de Ipar Kutxa. Sin embargo, los fallos, y especialmente la fallida compra de Bankoa, se han cargado sobre sus espaldas.

Otra consecuencia de la política de Beldarrain ha sido el escaso conocimiento de la “marca” en la sociedad vizcaína, su mercado natural. De la Caja Rural se habla muy poco, ya que la entidad ni tan siquiera genera noticias y en su web es imposible encontrar información corporativa de calidad.

Ipar Kutxa tiene 79 oficinas y pese a su reciente cambio de imagen (ha eliminado la palabra ‘rural’ de su marca), sigue asociada a los pueblos. Su presencia en las ciudades de mayor tamaño ha venido de la mano de promociones inmobiliarias, que han generado jugosos ingresos y figuran como el principal éxito de la gestión de Beldarrain.

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