babcokLa mayor parte de los vascos no tienen ni idea de lo que fabrica Babcock & Wilcox, pero es muy probable que hayan oído hablar de esta compañía en más de una ocasión y casi siempre para mal. Y es que sus problemas financieros y laborales han sido la comidilla de la prensa de Bilbao desde principios de los ochenta. Aunque todo esto está a punto de acabar, como la empresa.

Está en concurso de acreedores y el portavoz del PSE en el Parlamento Vasco, José Antonio Pastor, dio por hecho su cierre en una reciente comparecencia. “Se firmaron unos compromisos con los sindicatos, por si la firma austríaca no respondía”, confirmó Pastor, dando a entender que los trabajadores no quedarán desamparados en el probable caso de que sea necesario cerrar la compañía.

Babcok & Wilcox, hoy Babcock Power España y popularmente “la Balco”, nació en 1918 en Sestao para fabricar grúas, calderas, hornos e incluso locomotoras de vapor, tractores, motores para barcos y camiones, con licencia norteamericana. Después pasó a dedicarse a la producción de tubos y derivados y finalmente aceros especiales y generales. En su capital figuraban las principales fortunas vascas a través de Altos Hornos de Vizcaya y de Hidroeléctrica Ibérica (actual Iberdrola), así como de los bancos de Bilbao y Vizcaya.

babcock-el-camion-espanol-1958“La alianza entre una compañía eléctrica, un fabricante de bienes de equipo y la siderurgia más potente de Europa en el proyecto tenía poderosas razones de ser. En la planta de Sestao se fabricaron turbinas y calderas para la generación de electricidad, así como los hornos en los que se fundía el acero”, escribía recientemente Asier Díez Mon en Deia. Hay fotos de visitas de ministros y del Rey Juan Carlos.

Han ocupado su sillón presidencial personalidades de la historia empresarial vasca como Víctor Chávarri, Javier Ybarra Bergé o Pedro Careaga. Entre 1927 y 1969 fue dirigida por Leandro José Torrontegui, el que fuera director de la Escuela de Ingenieros de Bilbao, cuyo edificio hoy lleva su nombre. Y en los últimos años, a raíz de su absorción por parte del Gobierno central, ha estado a cargo de varios ejecutivos ligados a la política.

Uno de ellos, Eduardo Gorostiza, vinculado a Tubos Reunidos, le arrancó la parte más rentable, Productos Tubulares, y la convirtió exclusivamente en fabricante de bienes de equipo. Otro de ellos es Ramón Vecino, cuya hija se ha casado recientemente con el duque de Feria. Ninguno de ellos parece haber conseguido poner a la empresa firme y consolidarla para evitar que dependa del presupuesto público.

Todas sus novias privadas han salido ranas. Primero fue la noruega Kvaerner, que quebró en medio del proceso de venta. Después vino Borsig, que se quedó con 21 millones de ayudas públicas y no relanzó la compañía. Y finalmente se ha repetido la historia con la austriaca A-Tec, que también ha entrado en quiebra apenas seis años después de hacerse con Babcock.

¿Está gafada la firma vasca? No creo que sea el caso. Simplemente es una compañía que hace años que dejó de ser competitiva y que el Gobierno central no se ha atrevido a cerrar. Es cierto que se le intentó dar viabilidad comercial a través de la fabricación de calderas para plantas de producción eléctrica, pero siempre dependiendo de la tecnología de otros. Y permanentemente a costa del presupuesto público.

¿Por qué ha sobrevivido entonces tantos años? Por una parte, por el miedo de los políticos a cerrar una compañía muy relevante en la Margen Izquierda. Y por otra, porque Babcock ha sido una auténtica cantera de cargos socialistas. En su fábrica y en la cercana de La Naval, se fraguó el PSE. Allí trabajó Ramón Rubial, que entró en contacto en 1944 con la organización clandestina del PSOE precisamente en la planta de Sestao. Sus compañeros de partido Nicolás Redondo y Eduardo López Albizu, el padre de Patxi, trabajaban por entonces en La Naval. El socialismo le debe mucho a esta empresa.

Babcock llegó a tener 5.250 empleados en 1976, un año antes de su primera suspensión de pagos. Tras sucesivas reconversiones, ha ido adelgazando hasta quedarse con los menos de 400 trabajadores que tiene a día de hoy. Pero todos son demasiados para una empresa que, por limitaciones de Bruselas, no puede asumir más ayudas públicas y que ya no tiene carga de trabajo.

¿Se irán todos a la calle? Sí, pero probablemente con la vida asegurada. Y esto no es bueno, porque marca diferencias entre unos trabajadores privilegiados, los que estaban en el sector público, y otros, la gran mayoría, absolutamente desamparados. No olvidemos que hay otra histórica empresa vasca, Vicrila, que nunca ha dado problemas y cuya gestión ha sido asumida por los propios directivos, tras la decisión de la matriz de deshacerse de ella.

(Actualización 12.01.11) El consejero de Industria dice ahora que no asume el cierre de Babcock.

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